Aprendiendo a nadarNadar favorece la motricidad, la coordinación, la circulación sanguínea, la capacidad respiratoria y los reflejos. Además, despierta el apetito.

Aprender a nadar a temprana edad tiene sus ventajas, pues perciben mejor su cuerpo en el agua, mejoran su coordinación y su equilibrio, pueden propulsarse con las piernas y aguanta mejor la respiración.

Aunque es recomendable familiarizar a los niños y niñas con el medio acuático desde que nacen, antes de los cuatro años son demasiado pequeños para desarrollar autonomía en el agua y adquirir los movimientos de la natación. Por eso, los pediatras animan a iniciar el aprendizaje desde bebés, pero teniendo muy presente que los programas de natación no garantizan la autonomía del niño/a, y hasta que no sean adolescentes, siempre que se bañen debe existir la supervisión de un adulto.

Para que el proceso de iniciación no resulte traumático, es muy importante presentar el agua como un elemento lúdico y natural desde los primeros baños en casa. Aunque cueste, se invita a que los padres y madres a la hora del baño introduzcan la cabeza del pequeño/a bajo el agua. Esto contribuye a que el pequeño/a no perciba la sensación de no respirar bajo el agua como algo ajeno y que provoca miedo.

  • Una buena escuela
    En algunos países europeos la enseñanza de natación está reglada, forma parte de sistema curricular. En nuestro país, aunque cada vez es más frecuente que sea una materia impartida el centro escolar, no es lo habitual todavía, por lo tanto, en muchas ocasiones son los padres y madres quienes acuden a una escuela especializada. En ella deberán exigir personal cualificado para trabajar con niños/as; una temperatura de 33 grados, tanto fuera como dentro del agua; condiciones suficientes de higiene y niveles de cloro menores (el agua para bebés debe tener entre el 0,5 y el 0,6%, frente al 1% que tolera el adulto). Hasta los 3 años, se recomienda un monitor por cada dos niños/as y a partir de los 4 años cada monitor se puede hacer cargo de 3 niños/as.
  • Enseñanza
    El primer propósito es que los niños/as se sientan a gusto en el agua. Igual que sucede con los adultos, habrán de aprender a manejarse en el medio sin esfuerzo, con la dificultad añadida de que no hacen pie, pero la ventaja de que son menos temerosos y tienen más habilidad. Muy poco a poco se motiva el equilibrio, tanto horizontal como vertical, esto es, la flotación, tan difícil para los mayores, pero muy sencilla para ellos, por lo que enseguida las piernas se vuelven principales protagonistas, y les ayudarán a avanzar al estilo ‘perrito’. Cuando eso se controle es el momento de introducir el movimiento de brazos. Una cuestión clave en el aprendizaje del niño/a es ayudarle a orientarse. Sentirse perdidos y no encontrar la escalera les provoca más miedo que el propio agua. Y en todo el proceso de este aprendizaje hay que evitar precisamente eso: que se coja miedo al agua.

Artículo: Eroski Consumer