Grupo de niñosHoy es el Día Universal del Niño. Hoy 20 de noviembre conmemoramos la Convención de los Derechos del Niño.

Esta es la historia de Omid, el niño que vende zumos de frutas en las calles de Kabul. Tiene 12 años y cada día abre el puesto de la calle Shani Now, en el corazón de Kabul, a las ocho de la mañana y lo cierra pasadas las nueve.

En su carromato además de zumos, expone plátanos, manzanas, zanahorias y granadas. Sus cuatro frutas favoritas. Cada vaso se paga a 40 afganis, algo menos de un dólar, y declara que al día hace una caja de mil afganis, unos 30 dólares.

Omid es pobre, como la mayoría de los niños de esta ciudad. Trabaja seis días por semana. Cierran los viernes, el día santo de los musulmanes. “Ese día me quedo muchas horas en casa, estoy demasiado cansado. A veces salgo con mis amigos y juego un poco al fútbol. También me gusta hacer volar cometas”.

La capital afgana está inundada de vendedores callejeros, muchos de ellos niños que se escapan de las horas de colegio para ganar algo de dinero con lo que ayudar a la familia, que el hambre es prioridad ante la cultura.

Todos esperan que la máquina de la miseria se pare, deje de girar, para bajarse de ella y correr, pero ninguno de los que dan vueltas a los zumos, a las armas, a las corrupciones es consciente de que nadie excepto ellos puede detener el tiovivo. El problema es el interruptor. Averiguar donde está para apagar de una vez el dolor y rabia que fabrican la guerra.

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