Enseñar a los niños/as lo que está bien y lo que está mal es uno de los más importantes retos que tenemos que afrontar los padres. Cómo hacerlo dependerá, como en todo aprendizaje, de la edad de los niños/as.

En la infancia se siguen unas etapas evolutivas que determinan el desarrollo motor, cognitivo y emocional de los niños/as, es decir, de igual modo que van creciendo físicamente lo van haciendo interiormente, lo que nos señala lo que podemos esperar de ellos y lo que no.

Esto condiciona claramente nuestras estrategias educativas. Es decir, no podemos esperar que el niño/a cuelgue su abrigo en un perchero alto, porque aún no ha alcanzado la altura que precisa para ello, por lo que no podemos exigírselo, así que o bajamos el perchero de altura o tan solo le enseñamos a que nos lo den a nosotros para colgarlo.

La mayoría de los autores considera que es a partir de los 4 años cuando empiezan a interiorizar las reglas y a manejarlas.

Hasta aproximadamente los diez años responderán para evitar castigos u obtener recompensas. Posteriormente, les interesará también el ser considerados “buenos” o “malos” por los demás. La última etapa es la de Autonomía, en la que el sujeto ya supera el egocentrismo infantil y es capaz de considerar los derechos propios y también los ajenos.

Por lo tanto, lo primero que debemos tener en cuenta es que no tiene sentido invertir energía y tiempo en tratar de razonar con nuestros pequeños el por qué de la norma. Sencillamente, no lo van a entender y no se van a guiar por eso. Debemos ser nosotros, en nuestro papel de padres, educadores, cuidadores, etc. los que les demos de manera unánime una serie de reglas claras y con unas consecuencias firmes en su consecución o desafío.

Nos interesa que las reglas sean pocas y muy claras. Nuestros pequeños no tienen capacidad de autocontrol, así que debemos ser nosotros su control, hasta que sean capaces de interiorizarlo.

Si no hay límites, hay confusión e inseguridad.

Los niños/as necesitan autoridad para crecer felices. Ni que decir tiene, que es el ambiente familiar el mejor y más seguro lugar dónde enfrentarnos a las normas y sus consecuencias ya que tarde o temprano nos enfrentamos a ellas (en el colegio, trabajo…). Por tanto, debemos imponer disciplina, es decir, debemos enseñarles a actuar a través de unas normas y con unos límites claros.

Para comunicar la norma a los pequeños, podemos seguir estas pautas de a continuación:

.- Tono de voz: no grites. No les habléis desde otra habitación. Acercaros, mejor a su altura y hablar en un tono medio.

.- Lenguaje corporal : Mantener el contacto visual . Mirarles a los ojos y pedirles que os miren. Sujétale si es necesario. Sé expresivo, muestra lo que está bien con gestos positivos y lo que no con gestos negativos (sonrisa versus ceño fruncido por ejemplo).

.- Mostraros seguros. Una sola frase es suficiente, repetirla si es necesario, en un lenguaje claro, con frases simples. Si piden explicaciones responder de modo sencillo.

.- No mostréis ansiedad. Intentad siempre estar calmados frente a los desafíos. No os enfadéis. A fin de cuentas, debéis entender que su “papel” es transgredir la norma y el tuyo supervisarla y corregirla. Asúmelo. Es su manera de aprender y la vuestra de enseñar.

.- No personalicéis. Elogiar y censurar la conducta , no al sujeto (“Te estás portando mal. Tu hermana se está portando bien”).

.- No ceder ni cambiar estrategias de modo continuo sobre la marcha, mantenerse firme es fundamental.

.- No escatimar nunca en elogios y atención. Nuestra atención es el recurso más poderoso que tenemos , es el mejor refuerzo para nuestros pequeños.

Si solo les atendemos y nos dirigimos a ellos cuando se portan mal, aprenderán a portarse mal para captar nuestra atención. Por eso es tan importante que les dediquemos unos minutos cuando estén portándose bien y nos dirijamos a ellos para decirles lo bien que lo están haciendo y nos sentemos a compartir su tarea.

Así mismo, les censuraremos y les retiraremos atención cuando su comportamiento sea inadecuado y no hacer caso  a su conducta , sin mirarles, sin tocarles, sin sonreir , sin gritar…. Una vez dejen de hacerlo, nos acercaremos , recordaremos la norma, y empezaremos a elogiar lo bien que lo hacen.

También podemos utilizar otro tipo de refuerzos además de la atención, premiarles cuando hacen algo bien, dándoles algo que les gusta (p.ej. dejarle pintar con rotuladores) o no dejarles hacer algo que les gusta (p.ej. comer chicle).

Recordad que los premios y los castigos siempre deben darse a continuación de la conducta para que sean efectivos.

Los niños/as que crecen sin normas, se sentirán confusos, perdidos y serán niños/as inseguros que, a menudo se muestren enfadados y desafiantes, porque realmente, no saben cómo actuar ni adónde dirigirse. Esto les genera angustia. Es decir, si no ponemos normas y límites hacemos sufrir a nuestros pequeños más que si los guiamos firmemente.

Artículo: facilisimo.com

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