Cubos2Una vez que el niño/a ha abierto los ojos y comienza a enfocar correctamente los objetos que tiene alrededor, algo que sucede a partir de las seis semanas, se inicia una parte importante de la gran aventura que es la vida y, por ende, el juego. El bebé mirará y escuchará sorprendido el carrusel de colores que se encuentra encima de su cuna o el sonajero de plástico que ya es capaz de asir torpemente entre sus dedos.

Si alguien nos pidiese que dijésemos en treinta segundos qué conceptos o imágenes asociamos a la figura del niño/a, lo más probable es que en el noventa y nueve por ciento de los casos contestásemos como una de las opciones las palabras «juego», «jugar» o «juguete». Porque el juego es innato en el niño, es intrínseco a su naturaleza. No en vano el primer juguete de un recién nacido es su propio cuerpo; de hecho no es consciente, en sus primeros meses de vida, que esa mano o ese piececito forman parte de él mismo y no de un objeto independiente de su diminuto ser.

Es fundamental ir cubriendo debidamente las distintas etapas de la formación infantil: primeramente, el pequeño ha de ir ganando en capacidad para dominar el espacio y los elementos que le rodean. Sólo así podrá hacer valer su fantasía y su imaginación, dos factores esenciales para acceder a la posterior etapa de razonamiento intelectual.

Entre los cero y los tres años, el niño/a pasa del simple sonajero que agita y chupa incansablemente a las primeras figuras para encajar poco complicadas. A estas edades es conveniente ofrecer al bebé elementos ya construidos para jugar con ellos: la inteligencia del niño/a avanza más con el ejercicio del objeto conocido, el que tiene entre sus manos, que procurando idearlo o imaginarlo.

Hasta los diez meses de edad, los juguetes sirven para acercar al niño/a a las principales propiedades físicas (forma, color y sonido).

Entre los doce y los quince meses, el niño/a comienza a identificar formas familiares en los juguetes: ya sabe, por ejemplo, que su osito de peluche representa un animal llamado oso.

A los veintiún meses, el niño/a adquiere plena consciencia de la función simbólica del juguete. En esta etapa, los elementos de arrastre tales como coches, carretillas, trenes o carritos de madera; los juegos de construcción sencillos o de piezas para encajar, o los moldes para manosear a su antojo la arena del parque infantil o de la playa, son los más adecuados para el correcto desarrollo integral del pequeño.

Pasados los 2 años y medio de vida, utiliza su imaginación no sólo como medio de identificación de objetos o animales, sino también para idear situaciones originales en las que los protagonistas son los juguetes, el amiguito o adulto con el que está compartiendo sus juegos y él mismo.

Entre los tres y los seis años de edad el niño/a comienza a interesarse por los juguetes que estimulan la destreza, que fomentan su actividad y que favorecen su espíritu creador permitiéndole hacer cosas. Durante esta etapa, el pequeño debe recibir todos aquellos juguetes que favorezcan su desarrollo físico, intelectual y las relaciones con los niño/as y adultos que le rodean. Su desarrollo intelectual se verá favorecido por juguetes desmontables.

A partir de los seis años, el niño/a se siente atraído por cualquier juguete que implique movimiento. En el terreno motriz ha alcanzado ya logros importantes, por ello, los juegos de construcción, de bricolaje, los experimentos y los juegos de habilidad son sus preferidos, así como los rotuladores, tizas y recortes.

La elección del juguete adecuado para cada niño/a debe basarse en diversas variables que se apoyan, sobre todo, en el conocimiento sobre cada niño/a, su edad, su personalidad y sus circunstancias específicas.

Artículo: Ludomecum.com